Para Brisa Bruggesser y Victoria Miranda, la línea que separa la vida personal de la cancha se desdibujó hace tiempo. Compartieron el sueño desde muy chicas en Las Leoncitas, tiraron paredes en el Club Ciudad de Buenos Aires y construyeron un recorrido simétrico que tuvo su punto de ebullición definitivo en la consagración con Las Leonas en el Mundial 2026.
El abrazo que inmortalizó la gloria
Cuando la bocha que tiró Sofía Cairó tocó la red naranja y la Argentina decretó su condición de campeona del mundo, el caos de festejos se condensó en un instante preciso: un abrazo cerrado, en cuclillas sobre el sintético, fundidas en llanto e incredulidad. Una imagen que resumió miles de kilómetros, ausencias y sacrificios compartidos. “A mí me pasó eso: descontrol, correr al grupo, felicidad y buscarla a ella. Nos encontramos, nos fundimos en ese medio llanto, medio abrazo, y le decía: '¡Somos campeonas del mundo, amiga, somos campeonas del mundo!'”, evocó Vicky sobre aquel estallido de emoción. Para Bruggesser, esa instantánea no es solo el reflejo de un título, sino la síntesis de una biografía compartida: “Esa foto representa un montón de esfuerzo que hicimos las dos. Cada una sabe el camino recorrido, que fue muy parecido. Nos conocemos desde muy chiquititas. Fue decir 'wow, campeonas del mundo en nuestro primer mundial, con lo que nos costó llegar acá'.
La deuda del tatuaje y la banca incondicional
Tras la conquista de la medalla dorada en los Juegos Olímpicos de la Juventud Buenos Aires 2018, la delegación juvenil había pactado inmortalizar el logro en la piel. Sin embargo, la tandilense esquivó las agujas. “El tatuaje de campeonas del mundo todavía no está decidido cual será, el de los YOG 2018 no me lo hice porque no me animé. Este obviamente que lo vamos a hacer”, confiesa Brisa. La cordobesa retruca al instante sin darle margen de fuga: “Ahora la obligamos, como sea”. Esa confianza para exigirse dentro del sintético y cargarse fuera de él se cimentó a lo largo de los años. Para Miranda, sostenerse, desde la adolescencia, con Bruggesser fue parte de un proceso de aprendizaje mutuo: “Más allá de compañeras, somos amigas. El camino fue largo. La banqueé cuando tenía 14 años, que era peor que ahora de pendeja... ¡maldita! Pero nos conocemos mucho, sé personalmente el esfuerzo de ella y de su familia. Estoy feliz de la vida por lo que le está pasando”.
Entre chicanas cómplices, afecto genuino y la madurez de quienes ya conocen el peso de la camiseta nacional, la química entre la atacante de Tandil y la volante de Río Cuarto fluye de memoria. “La verdad es que Vicky es una compañera muy buena. Se hace sentir, es sumamente importante para mí... A veces me molesta, pero la quiero, se hace querer”, arranca entre risas Bri. La respuesta de Viki no tarda en llegar: “¡Ya era mucho cariño junto para esta enana! “Es amor puro, pero bueno, una lo demuestra a su manera”, se respaldó Bruggesser.
Una sola gran familia detrás del sueño
El triunfo en la cima del deporte internacional no se explica sin la red de contención familiar que unió a Tandil con Río Cuarto. Los viajes en etapas formativas, las estadías compartidas y el apoyo logístico terminaron fusionando a ambos entornos en un solo bloque. “Los papás de la 'Negra' ayudaron mucho a mi mamá en este viaje. Como nos conocemos de tan chiquitas, nuestras familias también se conocen por eso, una familia gigante la verdad”, destaca Brisa, reconociendo el sostén incondicional de los suyos. Vicky coincide y celebra que esa contención haya estado presente en el momento exacto de la coronación: “Sabiendo todo lo que peleó cada una, me llena el alma que Eli (la mamá de Brisa) haya podido estar ahí cerquita”.
Con la serenidad que da haber tocado la cima y la certeza de que el viaje recién empieza, Brisa Bruggesser y Victoria Miranda continúan su andar con la camiseta de Las Leonas. Dos trayectorias entrelazadas desde la adolescencia que hoy exhiben, con orgullo y la entereza intacta, que además de ser campeonas del mundo, consiguieron otras medallas que no se cuelgan en el cuello.
