Hay podios que no se festejan como un premio de consuelo, sino como la piedra fundacional de algo gigante. Con la medalla de bronce colgada en el pecho y el pulso bajando tras el 2 a 1 épico ante Países Bajos, Nicolás Della Torre se paró a hablar con la serenidad de los que dejaron el alma en la cancha. En sus palabras no había conformismo, sino la certeza luminosa de un grupo que fue encontrando su mejor versión a medida que las papas quemaban. “Fuimos de menos a más. Cuando nos juntamos el primer día, antes de arrancar el torneo, dijimos que íbamos a dar nuestros mejores 20 días. Y bueno, jugamos todos los partidos posibles”, soltó Nico, con la mezcla justa de orgullo y esa espinita clavada que caracteriza a los ganadores: “Nos quedamos con ese sabor de que por ahí podríamos estar jugando la final, pero hay que creer en los proyectos. El cuerpo técnico arrancó hace dos años y llegar hasta acá es un piso realmente muy alto. Este equipo se tiene que poner ese piso, poner la zanahoria enfrente y seguir corriendo, porque tiene un potencial enorme”.
Ese crecimiento no solo se midió en el juego, sino en la viveza y el oficio para habitar los momentos bisagra. Cuando la semifinal o el tercer puesto se juegan en un margen de centímetros, la astucia vale tanto como un pase filtrado. Fue Della Torre quien, con el ojo clínico de la veteranía, vio la acción peligrosa sobre Thomas Habif y corrió a exigir el video ref que derivó en la tarjeta amarilla de diez minutos para el rival. “Sin entrar en detalles arbitrales, porque cada uno tiene su punto de vista, nosotros tenemos que hacer nuestro trabajo. Lo vi, lo pedí... sirvió para tener esos diez minutos con uno más”, explicó sin subirse a ningún pedestal individual, dejando en claro que cada decisión en la cancha estuvo al servicio de la causa común. Porque si algo definió a Los Leones en este Mundial fue la solidez de su vestuario. Un equipo maduro, que supo interpretar los ritmos del partido y que trascendió la nómina de los veinte citados para abrazar a todo el Hockey argentino. “Se vio un equipo maduro, muy maduro. Venimos trabajando eso. Somos un grupo de muchísimos jugadores; hoy vinieron un montón a ver el partido, se subieron a la foto y van a festejar con nosotros. Hay muchos otros que no pudieron venir, pero representamos al mejor país del mundo. A mí me pone muy orgulloso que mis compañeros den la vida por mí, porque yo doy la vida por ellos”.
Detrás del guerrero del sintético afloró también el pibe auténtico, el que entre risas dedicó el logro a sus afectos más íntimos -su novia Rochi, su amiga Marisol, la familia y los amigos de siempre- para terminar recordando la esencia que sostiene la camiseta nacional. “Esto es para toda la Argentina, porque nosotros estamos de paso y venimos a representar al mejor país del mundo”. Un cierre con la humildad de los grandes, dibujando una sonrisa complacida antes de ir a brindar con el grupo: “Ahora nos vamos a tomar unas aguas con gas”. La medalla de bronce ya reposa en el pecho de Los Leones, pero la verdadera victoria de Nico Della Torre y sus compañeros es haber dejado la vara en el cielo.
