Hay una cadena invisible pero indestructible que une a la tierra del buen vino con la gloria del hockey nacional. Cuando Milagros Alastra observa la medalla dorada que cuelga de su cuello, sabe que en sus manos no solo descansa el peso del metal noble, sino el hilo de una herencia que abrieron pioneras como Macarena Rodríguez o Silvina 'Piti' D'Elía.
Con apenas 20 años y siendo la jugadora más joven del plantel campeón en este Mundial 2026, la defensora mendocina todavía transita ese trance dulce donde la realidad supera a la fantasía. “Todavía no he dimensionado ni un poco lo que significa, con el tiempo me daré cuenta”, confiesa con una sencillez desarmante. “Tenía el sueño súper claro y mi forma de ser es así: hacer para intentar lograrlo. Trajimos una alegría al país y eso nos queda para siempre”.
Esa madurez prematura no es casualidad, es el resultado de haberse parado frente al torneo más exigente con los ojos abiertos y el corazón dispuesto a absorber cada enseñanza. En el vestuario, entre gigantes del deporte, la jugadora que brilla en GEBA eligió la postura de los sabios: escuchar, mirar y aprender. “Tengo millones de cosas por mejorar. Estar ahí es aprender de las referentes, de las grandes, tanto de cosas del hockey como de cosas extra-hockey. Tuve la posibilidad de vivirlo de cerca, de palparlo, y de esa forma vas más rápido”.
La sinergia mística que recorre a todas Las Leonas
Pero si hay algo que Mili logró descifrar en medio de la vorágine fue la naturaleza de esa energía misteriosa que distingue a Las Leonas del resto del mundo. A la hora de explicar el motivo por el cual este equipo resultó imbatible en un formato despiadado donde cada cruce era una final a todo o nada, Alastra apela a esa sinergia colectiva que flota en el aire: “Es difícil de describir, es como algo que nos conecta a todas. Cuando todas estamos convencidas, vamos para el mismo lado. Lo teníamos clarísimo, no se nos podía escapar esta vez. Era una convicción de todas y se notó adentro de la cancha en cada partido”.
Detrás de la mística colectiva, sin embargo, laten los afectos más puros. Cumplir dos décadas de vida en el medio de la máxima podría haber sido un trance lejano, pero la presencia de sus padres en la tribuna transformó cada jornada en un recuerdo imborrable. Para la joven mendocina, la verdadera fuerza no nació solo del rigor táctico, sino del abrazo familiar. “Haberlo compartido con ellos, que son las personas que más amo en este mundo, lo hizo único. Salir a la cancha, buscarlos para ver dónde están y cantar el himno frente a ellos fue algo especial. Que me hayan podido acompañar me encantó”.
Hoy, entre los festejos multitudinarios en el aeropuerto y los abrazos pendientes entre Buenos Aires y su Mendoza natal, Milagros Alastra sabe que este hito no es un punto de llegada, sino el despegue de una carrera llamada a hacer historia. La más joven del seleccionado ya tocó el cielo con las manos, pero lo hizo guardando la lección más importante: que el fuego sagrado no se posee de manera individual, sino que se enciende cuando un grupo entero decide caminar unido hacia el mismo sueño.
