Contrastes y una certeza: la noticia no tapó la historia

Cuando el árbitro Hernán Mastrángelo determinó el final, más de 85.000 miradas lo buscaron a él. En realidad, en un partido al que le sobró media hora, la atención del estadio viró hacia el banco de suplentes antes, cuando el 3-1, un resultado nostálgico, le dio al Monumental una paz que rogaba.

Sin buscar ser el centro de atención pero sabiéndose protagonista, Marcelo Gallardo caminó hacia el centro del campo y retribuyó la enésima ovación de su carrera y de la noche con aplausos.

No todos los días se despide el entrenador más ganador en la historia de un club. Y, al tratarse de River, todo se magnifica.

El Muñeco, ídolo y estatua, habló luego de "amor incondicional" y un "lugar mágico" en su vida, una vida que, irremediablemente, sin importar el momento, estuvo, está y estará ligada a River.

Segundos de contrastes: el Monumental habló

De todos los aplausos, ovaciones y canciones de la jornada, en la que el Millonario jugó su mejor partido del año y venció a Banfield por el Torneo Apertura, la última fue la más emotiva.

Por tratarse, ahora sí, del último adiós (léase Muñeeeeeco, Muñeeeeeco), posterior al protocolar del inicio, en este jueves especial replicado luego del entretiempo, y también al que acompañó a cada gol, fue el más sentido de todos.

Manos arriba, puño en el corazón y un agradecimiento eterno.

Adelante del plantel, que hoy lo respaldó en la cancha, identificando al hincha como no había pasado en mucho tiempo, Gallardo dejó un Monumental que aprovechó cada instante para mimarlo.

Pero apenas el DT dos veces campeón de América entró al túnel, en una señal de respeto a su leyenda e historia, el mood del hincha cambió rotundamente: silbidos al unísono y el más clásico de los gritos de guerra, "jugadores la c* de su madre".

La bronca no era nueva. Apareció en las inesperadas y dolorosas derrotas en casa del último tiempo, frente a Riestra, Sarmiento, Gimnasia y Tigre, y en esta ocasión, en una modalidad distinta, llegó por anticipado.

Después de que la voz del estadio, más temprano que de costumbre, leyera el equipo y diera lugar a una catarata de silbidos, de la que se salvaron los juveniles y contados jugadores, llegaron los primeros llamados de atención, con muestras de enojo unánime.

El hincha de River, en su mayoría, no cuestiona la partida de Gallardo, que en este punto parecía ser la única manera de salir del pozo. Pero ese sentir implica otra arista aun más fuerte: los jugadores se cargaron al DT, al intocable, al que durante casi una década les hizo creer que hasta lo imposible era posible.

Por eso la reprobación fue constante. Algunos ratos de buen fútbol, como en el primer tiempo, donde faltó puntería y se cerró con un error defensivo (uno más...), y el inicio del complemento, en el que se liquidó el partido con la vuelta al gol de Driussi y el primer tanto de Freitas, el nuevo wunderkind de la cantera riverplatense, trajeron algo de paz, pero ni el agradecimiento eterno a Gallardo les concedió a los jugadores un camino al vestuario tranquilo.

Ni la mayor crisis tapó la historia

Hace casi 10 años, en una de sus primeras mini crisis en el club, Gallardo utilizó su estado de WhatsApp para dar un mensaje: "Que la noticia no tape la historia".

Esta versión del refrán "que el árbol no tape el bosque", palabras que pronunció luego de la dolorosa derrota contra Flamengo en 2019, con el tiempo se convirtió en una de las múltiples frases icónicas del DT más ganador en la historia del Millonario.

Hoy, en una de las tantas muestras de cariño que recibió, esa bandera lo acompañó en la tribuna San Martín, 'atrás' del banco de suplentes, su banco de suplentes.

Está claro: el segundo ciclo de Gallardo en River, que inició en agosto de 2024 y finalizó este 26 de febrero de 2026, fue malo. No ganó títulos, falló en momentos importantes y no pudo identificar al hincha, puntos claves de su primer exitosísimo ciclo, en el que levantó 14 trofeos.

En algunos momentos, incluso, se lo vio superado por la situación, sin poder encontrarle la vuelta.

Pero el amor incondicional que el entrenador de 50 años mencionó en su última conferencia de prensa, un amor tan real como absoluto, casi devoto, lo acompañó hasta su último día.

El hincha de River reconoce que el Muñeco, su bandera, el que se sienta en la mesa con Labruna, Carrizo, Alonso, Ortega y Francescoli, pensó en el club. Que lo que necesitaba River era un cambio de aires, necesario para descomprimir un presente en el que lo malo era incluso peor.

Y por eso, porque Gallardo es River, le demostró que ni en el peor de los momentos la noticia tapará la historia.