No basta con ganar: el complicado camino hacia el College Football Playoff

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Las historias a seguir esta temporada de NFL (2:12)

Michigan ganó y salió del Top 25; Louisville perdió y conservó su lugar


La aparente contradicción explica una de las particularidades del futbol americano universitario: el marcador dice quién ganó, pero el mérito, el calendario, las lesiones y la última impresión deciden quién puede competir por el campeonato nacional.

Michigan ganó, pero los votantes lo castigaron como si hubiera perdido. Los Wolverines, número 16 de Associated Press, necesitaron un segundo Ave María para derrotar 13-12 a Western Michigan. Después de que el reloj aparentemente llegó a cero, la revisión devolvió un segundo y Bryce Underwood conectó con JJ Buchanan para un touchdown de 47 yardas. Michigan cometió tres entregas y permitió que un rival de la MAC controlara la posesión durante más de dos terceras partes del encuentro. Ganó en el marcador, pero perdió credibilidad.

Louisville vivió la situación opuesta. Los Cardinals cayeron 41-38 ante Ole Miss, entonces número nueve, mediante un gol de campo en la última jugada y permanecieron en el puesto 24. Fue el equipo clasificado más bajo desde al menos 2008 que conservó su lugar después de una derrota. Michigan venció a un adversario considerablemente inferior y salió del Top 25; Louisville perdió contra un contendiente nacional y no se movió. En el colegial, una derrota de calidad puede revelar más que una victoria miserable.

La referencia histórica y mediática es la prensa asociada, pero no determina quién participa en el College Football Playoff. Para 2026, el CFP conserva 12 lugares: los campeones de la ACC, Big Ten, Big 12 y SEC tienen boleto garantizado; también entra el mejor clasificado entre American, Conference USA, MAC, Mountain West, Pac-12 y Sun Belt. Los siete espacios restantes quedan en manos del Comité de Selección.

El protocolo considera fuerza de calendario, enfrentamiento directo, resultados contra rivales comunes y disponibilidad de jugadores o entrenadores importantes. Oficialmente no se incentiva el margen de victoria y no existe un criterio llamado “game control”, pero sería ingenuo pensar que el desarrollo del partido no pesa. Las métricas de fuerza del calendario y fortaleza del récord conceden mayor valor a derrotar rivales importantes, reducen el daño de perder contra un gran equipo y ofrecen poco crédito por vencer a uno débil.

Michigan no quedó eliminado en septiembre; simplemente gastó parte de su margen de error. Una victoria convincente ante Oklahoma puede devolverle lo perdido, mientras otra actuación desordenada confirmaría que el problema no fue una mala noche. Cada sábado funciona como auditoría: el resultado entrega la calificación, pero el desarrollo explica si debemos confiar en ella. Ohio State descubrió en 2018 que una sola derrota puede destruir un expediente magnífico. Los Buckeyes terminaron 12-1 y campeones de la Big Ten, pero cargaban una paliza de 49-20 ante Purdue, que acabó 6-7.

Oklahoma, también 12-1 y campeón de conferencia, recibió el cuarto lugar. Ohio State tenía el nombre, doce victorias y un título; lo hundió la naturaleza de su única derrota.

También existen caídas recuperables. Ohio State perdió 35-21 en casa contra Virginia Tech en la segunda semana de 2014, pero ganó sus siguientes once encuentros y aplastó 59-0 a Wisconsin en la final de la Big Ten. El comité premió su evolución y lo colocó cuarto por encima de TCU y Baylor. Los Buckeyes derrotaron después a Alabama y Oregon para proclamarse campeones nacionales con Cardale Jones, su tercer quarterback de la temporada.

Alabama recorrió un camino parecido en 2023. Perdió temprano ante Texas, venció apenas 17-3 a South Florida y pasó septiembre buscando identidad. Después ganó diez partidos consecutivos y terminó con el invicto de Georgia en la final de la SEC. El equipo de diciembre ya no se parecía al de septiembre. Ahí está otra clave: una derrota temprana permite reconstruir; una caída tardía deja poco tiempo para cambiar la última impresión.

Los campeonatos de conferencia pueden fortalecer un expediente, pero también destruirlo. Mientras algunos equipos deben enfrentar un decimotercer partido contra otro clasificado, otros descansan y esperan que los resultados les abran la puerta. La historia reciente demuestra que no existe una política uniforme: a veces el derrotado es castigado; en otras, el comité protege lo construido durante tres meses.

En 2025, Alabama llegó noveno y fue aplastado 28-7 por Georgia en la final de la SEC. Pese a terminar 10-3, permaneció en el mismo lugar y entró al playoff. Notre Dame, con marca de 10-2 y sin jugar ese fin de semana, cayó del décimo al undécimo puesto y quedó fuera; Miami subió del 12 al 10 y entró por encima de los Fighting Irish, a quienes había derrotado. Alabama sobrevivió a una derrota por 21 puntos y Notre Dame terminó pagando la cuenta desde el sofá.

Un año antes, SMU llegó octavo y 11-1 a la final de la ACC. Clemson, entonces número 17, lo derrotó 34-31 con un gol de campo en la última jugada y obtuvo el boleto automático. Los Mustangs descendieron al décimo lugar, pero permanecieron dentro por encima de Alabama, que estaba 9-3. El comité entendió que eliminar a SMU por perder un encuentro adicional contra un rival clasificado habría enviado un mensaje peligroso: era mejor no disputar la final. Clemson entró como campeón; SMU sobrevivió por el valor de toda su temporada.

El sábado de campeonatos de 2023 produjo la sacudida más polémica de la era de cuatro equipos. Georgia llegó invicto y como número uno, pero perdió 27-24 ante Alabama en la final de la SEC. El Crimson Tide saltó del octavo al cuarto lugar; Georgia cayó al sexto y quedó fuera. Michigan y Washington conservaron los dos primeros puestos, Texas subió al tercero tras ganar la Big 12 y Alabama tomó el cuarto.

Florida State terminó 13-0 y campeón de la ACC, pero descendió del cuarto al quinto lugar. La fractura sufrida por Jordan Travis cambió la evaluación porque el protocolo permite considerar la ausencia de jugadores fundamentales que puedan afectar el rendimiento en la postemporada. Los Seminoles ganaron todo y aun así fueron condenados porque el comité determinó que sin su quarterback ya no eran el mismo aspirante. Fue la demostración definitiva de que incluso un invicto puede no ser invulnerable.

En 2022, USC llegó cuarto a la final de la entonces Pac-12 y controlaba su destino, pero Utah lo derrotó 47-24. Aquella segunda caída ante el mismo rival envió a los Trojans hasta el décimo puesto y permitió que Ohio State ascendiera del quinto al cuarto sin jugar. Los Buckeyes recibieron el boleto desde casa, una semana después de perder 45-23 ante Michigan. USC fue castigado por exponerse a un partido adicional; Ohio State se benefició de no haber ganado su división.

Georgia corrió con una suerte diferente en 2021. Llegó invicto y como número uno a la final de la SEC, perdió 41-24 ante Alabama y solamente descendió al tercero. Sus doce victorias y el dominio mostrado durante la campaña resultaron suficientes para protegerlo. La decisión terminó validándose: los Bulldogs vencieron 34-11 a Michigan en la semifinal y 33-18 a Alabama en el campeonato nacional. La derrota cambió su posición, pero no borró su temporada.

Michigan, Alabama, Ohio State, Notre Dame, Georgia y Texas reciben mayor atención y tienen décadas de prestigio respaldando sus argumentos. Sería ingenuo afirmar que la reputación desaparece completamente cuando el comité cierra la puerta. El nombre abre la conversación y concede oportunidades para recuperarse, pero no siempre gana la discusión.

Precisamente por eso resulta significativo lo ocurrido con Michigan. Los Wolverines pasaron del puesto 16 a quedar fuera del Top 25, la caída más severa después de una victoria para un equipo colocado tan arriba desde al menos 2008. AP no eliminó a Michigan del playoff; solamente lanzó una advertencia: derrotar de milagro a Western Michigan no equivale a demostrar que se pertenece a la élite.

Las últimas temporadas confirman que no existe una fórmula infalible. Ganar la conferencia ofrece la ruta más segura, pero perder su final puede significar la eliminación, una caída menor o absolutamente nada. Influyen el calendario, las lesiones, el enfrentamiento directo, la evolución, los rivales comunes, la calidad de las victorias y la versión del equipo que llegará a diciembre.

Michigan sigue invicto y Louisville ya perdió. Sin embargo, Louisville dejó más razones para creer que puede competir contra un adversario importante. Esa es la paradoja —y también la esencia— del futbol americano universitario: el marcador dice quién ganó el partido; el mérito decide quién continúa peleando por el campeonato.

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