Messi pasó de ser villano a héroe en un santiamén ante Bosnia-Herzegovina

BARCELONA -- Un centímetro marca la diferencia entre la mediocridad y la excelencia. La distancia, aproximada, entre la mano de Asmir Begovic y el poste derecho de su portería cuando el portero bosnio se lanzó desesperado a por el balón que disparó Leo Messi. Llegó a rozarlo, pero no evitó el gol. Y en esa jugada, a partir de ella, el debut de la Pulga en el Mundial mutó de discreto a sensacional.

Con esta simpleza se analizó desde España la presentación del crack en Brasil. Estudiado hasta el más mínimo detalle cada gesto, cada paso, cada mirada, el partido del '10' azulgrana tenía una trascendencia que iba mucho más allá de lo que pudiera ofrecer Argentina, porque en estos tiempos del culto a la personalidad llama mucho más la atención el desenlace que el propio argumento.

Y el Messi de la albiceleste fue visto durante muchos minutos, más de una hora, como una continuación del jugador agarrotado, triste, desatendido, aburrido y hasta perdido que se ha presentado durante tantas ocasiones a lo largo de la temporada en el entorno azulgrana. Todo cambió en cuestión de segundos.

La animosa Bosnia, como un Getafe, un Elche, Granada o Valladolid de la Liga española cualquiera fue capaz de poner coto al favoritismo de la selección argentina, acaso despersonalizada por el dibujo que escenificó Alejandro Sabella y que disminuyó la trascendencia de Leo. A quienes justificasen durante la temporada el papel de la Pulga en su falta de entendimiento con Neymar se les debieron acabar los argumentos y creció la voz de quienes aventuraron la pérdida de mando o ilusión del crack.

Poco importaba durante el partido de Maracaná que Messi se ofreciera, se moviera en busca del balón, buscase al Kun, reclamase a Di Maria o marcase espacios a Mascherano. El raquítico 1-0 del marcador y la falta de superioridad de su Argentina ofrecían la razón a quienes le señalaban, o querían señalarle, y el discurso que se imponía en la televisión o las radios españolas le condenaba.

"Es el mismo del Barça". "Se le ve triste". "No impone". "Ha perdido aquel plus". Mensajes de este tipo se repitieron de manera machacona y la imagen de Leo, apartado de sus compañeros cuando la selección caminaba por el túnel de vestuarios con destino al campo durante la media parte, motivó otra sentencia aún más dura en una emisora de radio: "Vive en su mundo, apartado de todos".

Habría sido interesante conocer qué ocurría en aquellos momentos en la redacción de cualquier periódico de España. Atropellados por la urgencia horaria, los análisis deberían concretarse a toda prisa imponiéndose una sentencia firme. Y de la misma forma que las palabras quedan enterradas por otras al cabo de dos minutos, el ejercicio de 'borrar' en un ordenador es inmediato.

A la que Messi tomó aquel balón a los 65 minutos, escorado a la derecha del ataque e inició su slalom mortal, el tiempo se detuvo y la mediocridad dejó paso a la excelencia en un santiamén. Leo acudió al rescate de Argentina en una sola jugada marca de la casa y su disparo ajustado al palo, al que no llegó por un simple centímetro el portero bosnio del Stoke City, motivó el cambio absoluto de sesudos analistas que cambiaron su discurso sin pestañear.

Messi es víctima de su propio personaje futbolístico. O más allá de él incluso. Por mucho que lo pretenda ya no puede escapar del plano y a la que su rendimiento en el campo no ofrece una pizca de su genialidad esperada, la crítica es inmisericorde. Por contra, ya puede pasar desapercibido o despistado porque si se enchufa en una décima de segundo, reaparece su imagen de inmortal.

No hay término medio posible. Es inútil enfriar el ánimo para entender qué significa presentarse en un Mundial con el peso de la responsabilidad y con todas las miradas fijas en un solo jugador. Hoy debutará Cristiano Ronaldo con Portugal y la comparación acudirá presta, como lo hizo ayer con Neymar. Porque Messi juega un Mundial paralelo, apartado de la propia Argentina en que las miradas desde España le examinan de forma tan oscura como directa.

Este lunes su figura se salvó del desastre gracias, solamente, a una jugada concreta. A partir de ahí se resumió su debut en Brasil en los ojos de la crítica española en general y barcelonista en particular.

Visto con la perspectiva del tiempo, ni Maradona, ni Cruyff ni nadie sufrió en su momento tal marcaje. Claro que eran otros tiempos. Años en que los análisis no se resumían en un solo slalom, en una sola genialidad, sino que se englobaban en algo más.

En este presente Messi tiene mucho más a perder que a ganar porque tal y como transcurrió el partido frente a Bosnia, su figura volverá a ser examinada con lupa ante Irán o Nigeria sin entrar a valorar nada más que su partido particular contra todos. Empezando por Neymar y acabando por Cristiano. Y con la sombra del Barcelona acechando.