La historia del Tola Luzardo, el campeón de América con Nacional que fue homenajeado por la CONMEBOL

Tola Luzardo fue homenajeado por la CONMEBOL. Captura ESPN

El Tola Luzardo la peleó desde siempre. Para que tengan idea, vivía en una casa con 8 hermanos y el día que salió campeón Sudamericano con la selección juvenil durmió en una pensión.

El exvolante de Nacional recibió el homenaje de la CONMEBOL como campeón de la Copa Libertadores de América de 1980 tras ganarle las finales a Inter de Porto Alegre.

El Tola, como se lo conoce por estas tierras, tiene una historia muy particular. Su tarjeta de presentación en el fútbol grande fue la selección juvenil que en 1979 ganó el Sudamericano disputado en Montevideo. Ahí le echó el ojo Nacional. Estaba todo acordado. Pero un llamado de su Treinta y Tres natal casi tira todo por la borda.

¿Qué pasó? El día del partido final del Juvenil del 79, contra Paraguay, los jugadores salieron de la concentración de Los Aromos con todos los bolsos porque al finalizar el juego quedaban liberados.

Uruguay ganó 2 a 1 y en pleno festejo le hicieron saber al Tola que el técnico de Treinta y Tres, Edgard Birriel, quería contar con él al otro día para el decisivo partido que jugaba la selección ante Rocha por el campeonato del Este.

Al salir del Centenario, Luzardo se vio en medio de la locura. El pueblo futbolero invadió las calles de la ciudad celebrando la conquista de los celestes. El Tola arrancó caminando con su bolsito a cuestas.

“Crucé todo el Parque Batlle, pasé por el Obelisco y agarré todo 18 de Julio buscando una pensión para quedarme a dormir. La gente festejando, caravana, una alegría tremenda y yo por el medio de ellos con mi bolsito buscando un lugar donde pasar la noche”, recordó Luzardo al blog Que la cuenten como quieran.

Al otro día despertó temprano y se fue derecho a la Plaza Cagancha para tomarse la primera Onda (línea de ómnibus que recorría el país) rumbo a su ciudad. Apenas arribó lo llevaron al estadio Empleados de Comercio donde descansó en la concentración. A las pocas horas Treinta y Tres salió a la cancha con el Tola Luzardo en el equipo con la misión de ganar por tres goles para clasificar a la final.

Lo increíble del caso es que su pase a Nacional estaba prácticamente acordado. “Los dirigentes de Huracán (Treinta y Tres) y de Nacional me querían matar, pero yo quería jugar. Lo cierto es que sobre el final del partido tiran un centro al área y me tiro en palomita a buscar una pelota cuando el golero de Rocha salió y me pegó una patada en la cara. Me provocó fisura de mandíbula. Me quería morir. Pero de todos modos se firmaron los papeles del pase y me fui a Montevideo”, rememoró el Tola.

Y de ese modo Arsenio Luzardo llegó a Nacional. Pasó a vivir en el viejo Parque Central donde había un paisano de cada pueblo porque allí se alojaban todos los juveniles que venían del interior.

“Yo dormía en aquellas habitaciones enormes con los techos a 15 metros de altura, había como 12 camas, aquello era un jolgorio. Había gurises de todos lados, de Salto, de Artigas, Wilmar (Cabrera) de Cerrillos… ¡qué tiempos!”.

El Tola reveló que, desde el primer momento en que pisó el Parque Central, tenía claro que debía salir adelante. “A mí no me quedaba otra que salir adelante con el fútbol. En mi casa éramos 8 hermanos, mi mamá era doméstica y mi padrastro jubilado de cuartel, por lo que ganaba dos pesos. Y las pasé, porque hubo tiempos duros en Nacional donde a veces no había para la comida”, recordó.

Luzardo debutó en el primer equipo de Nacional en 1980 y se consagró campeón de la Copa Libertadores.

En 1985 emigró a Recreativo Huelva de España donde se terminó convirtiendo en ídolo. “Siete años jugué y eso es lo que la gente me valora porque a mí se me terminaba el primer contrato de 3 años y me quiso llevar el Deportivo, pero no fui”, contó el exjugador en Derechos Exclusivos.

A su regreso de Europa terminó desparramando su talento en las canchas de Uruguay en los denominados equipos chicos. Defendió las camisetas de Basáñez, Cerro y Liverpool donde volvió a demostrar que su pegada estaba intacta.