<
>

Messi despierta en el callejón del miedo mexicano y resucita a Argentina

DOHA -- Argentina resucita, México jadea agónico. Fueron sólo 64 minutos de ilusión. En ese lapso, México montó una fortaleza y un palacio, frágil, pero palacio de esperanza. El 0-0 era un premio transpirado. Pero, la profecía inquieta de Gerardo Martino se cumplió. Al ’64, Lionel Messi salió del limbo, pescó un disparo raso, brincón, y el castillo de naipes se desmoronó. Era el 1-0, pero el epitafio del Tri y la emancipación albiceleste terminaría en 2-0, con la limosna elegante de Enzo Fernández.

Con la victoria, Argentina llega a tres unidades, las mismas de su verdugo Arabia Saudita. Polonia descansa en el diván confortable de las cuatro unidades. ¿México? Con un punto, debería vencer a los árabes y esperar que Polonia someta a los albicelestes. Todo puede pasar aún en el Grupo C.

Una exquisita orfebrería táctica de Gerardo Martino, ejecutada a la perfección con sus peones, al menos en el primer tiempo, y especialmente cuando Andrés Guardado estuvo en la cancha. Argentina rumiaba, desesperada, sometida, pero conforme corría el segundo tiempo, México pasó de la entereza al miedo. La resistencia erosionada permitió crecer al rival.

Y entonces, el ausente, el ajeno, regresó tan sólo a firmar el alta de terapia intensiva para Argentina, y corroborar su estado de salud, con el tanto de Enzo.

BAJO CONTROL...

Quince minutos y México aferra el timón. La trampa anunciada por Gerardo Martino atenaza a Argentina. Un universo roto: los albicelestes buscan a Messi, pero Messi es una dicha ajena en los pies tricolores.

Llagas de desesperación en Argentina. La pelota le espina, le sangra, y cuando México encuentra a Chucky Lozano o a Alexis Vega, las faltas son el recurso extremo del adversario. Determinante la concentración mexicana, provoca errores, pero su primer desliz es una amarilla para Néstor Araujo, que piadoso, el VAR, no canjea por una roja, pero queda condicionado al minuto 22.

Astucia, presión y paciencia, así encapsulan a una Argentina, agobiada por el tiempo. Cada minuto que muere es un paso al fracaso. Empieza a notarse ese salto entre la ansiedad y la desesperación. Rodrigo de Paul y Ángel di María son la única línea de escape, pero estéril.

México carga con sensible baja. Andrés Guardado se lesiona y deja el relevo en Erick Gutiérrez, quien apenas ingresando genera amarilla para Argentina, con una patada en la espinilla cortesía de Gonzalo Montiel. En el cobro, Alexis busca el ángulo derecho, pero el Dibu, le baja las pretensiones de gol al balón.

Cómo sufren Alexis Mac Allister y Guido Rodríguez. La marca en la salida de México es bastante permisiva. ¿Y Messi? Un par de embestidas. El resto, como lo dijo Martino, en sus momentos catatónicos, él mismo se anula.

El medio tiempo es un remanso, para ambos. México debe reafirmar que el Tata les mostró el camino correcto, y que ellos deben mantenerlo estoicamente. Argentina, a tratar de encontrar una fórmula de ataque... y al número 10.

EL COLAPSO...

Ya en el regreso, Guti roza apenas a Messi, y se gana la amarilla y cobro en contra. El 10 acomoda el balón y la tensión se mastica... inútilmente. El balón termina tumbándole un taco árabe de la boca en la fila 63, y Leo clavando la mirada en el piso. Sus estados límbicos.

Pero, como lo advirtió también Martino, cuando sale de esos letargos, Messi sólo necesita de un segundo. El Tri se había metido en el nido. Dejaba de agobiar espacios metros más adelante, como lo había hecho eficientemente.

Y ocurre la epifanía de Lionel, Ocurre al ‘64: recibe el balón por el centro, desde fuera del área, un zapatazo y el balón con brincos ratoneros se cuela a la izquierda de hecho entre su manotazo desesperado y la quietud del poste. 1-0. Las banderas argentinas cobijan el Estadio Luseil. El manto verde se sumerge en la resignación.

Martino alebresta la banca en busca de una solución. Y aunque la tribuna vocifera el “sí se puede, sí se puede”, ni los ingresos de Uriel Antuna (Alexis Vega), Raúl Jiménez (Kevin Álvarez) y Roberto Alvarado (Chucky Lozano), pueden ya alterar la historia.

México era entonces pujanza desordenada. Eran estertores, patadas de ahogado. Y en esa obsesión por la hazaña imposible terminó generando espacios, perdiendo balones, permitiendo florituras, como en el gol de Fernández, con recorte sobre el Guti, y zapatazo cruzado al segundo poste, para que el lance de Guillermo Ochoa sólo sea un ornato multicolor a la desgracia mexicana y la resurrección argentina.

El Grupo C cierra el 30 de noviembre, con los juegos simultáneos entre México y Arabia Saudita y Argentina ante Polonia. Las plazas siguen abiertas. Sólo que ahora, Argentina decide tener voz y voto, y México, recaudador de sueños y de esperanzas, necesita ganar y golear a Arabia Saudita.