Cuando la UFC nació, en los años 90 del siglo pasado, se sabía que era un reto al status quo de los deportes. En una década en la que el mundo cambió, el deporte se globalizó y detonaron figuras como la de Michael Jordan en el ámbito comercial, la UFC vendía una ilusión basada en una batalla sin tregua dentro de su octágono, sin reglas ni limitaciones y bajo la frase de que “entran dos y sale uno”.
Pronto esa receta fracasó, las críticas sobre el uso excesivo de la violencia y el desorden en su competencia la alejaron de la televisión, el aliado necesario para triunfar en esta época.
La idea navegó entre penumbras hasta que encontró en Dana White, que había sido promotor y había practicado boxeo, al cerebro que fraguó una idea entretenimiento deportivo que hoy vale más que los Lakers, los Dodgers o el Manchester United, según Forbes.
Aunque la UFC existió desde 1993, la realidad es que su protagonismo surgió a partir del nuevo siglo, en el 2001, cuando los hermanos Lorenzo y Frank Ferrita, convencidos por Dana White, formaron Zufra, una empresa que administraba a la alicaída UFC recién comprada. Pagaron entonces dos millones de dólares, y Dana poseía el 9% de esa sociedad.
La UFC representó para Dana White su objeto pasión, un juguete que cuidó como su vida y que hizo crecer a base de orden y audaces apuestas como el pago por evento.
White, un irreverente empresario que había establecido en 1992 su compañía Dana White Enterprises en Las Vegas, fue a cada uno de los shows que montó hasta 2012, cuando se enfermó de Ménière y los médicos lo obligaron a faltar a una cartelera para operarse. “Es una mierda perderme la pelea”, dijo entonces, reportado por Yahoo Sports. “Si fuera posible de alguna manera, estaría ahí; pero no puedo, solo me divierto tuiteando con los fanáticos y viendo la televisión”, agregó para no dejar al lado su papel protagónico.
Dana comprendió que en el deporte actual se tiene que vender un show y no sólo una competencia, y él mismo se convirtió en showman para encabezar su producto abriendo pleitos y polémicas con famosos como Oscar de la Hoya.
Paralelamente estableció categorías de peso, reglas y códigos, como los exámenes para inhibir el consumo de drogas, compró a las empresas de artes marciales mixtas más pequeñas, se apoyó en el pago por evento y entendió que el concepto era vender un deporte extremo más al extremo. Reglamentar la UFC hizo atractivo el producto para las Comisiones Atléticas, y permitió a Dana tener un deporte más allá de un pleito callejero.
El negocio cambió de rumbo en apenas cuatro años, rivalizó con el boxeo (el deporte que él mismo practicó y que también encuentra en el pago por evento un gran negocio), y defendió la seguridad de sus peleadores argumentando que había más lesiones graves en una pelea de boxeo que en una batalla de UFC.
Diversos estudios de mercado indican que el boxeo y la UFC son los deportes más seguidos por los aficionados (siendo más joven el público de la UFC) y ambos muy por delante de la lucha libre.
Consciente de la necesidad de ídolos, Dana alentó las figuras de Ronda Rousey (primera mujer en firmar un contrato con UFC) y Conor McGregor, o Cain Velásquez para el mercado hispano y Latinoamérica. Al mismo tiempo cerró acuerdos comerciales con empresas de televisión, primero Fox y ahora ESPN, para alcanzar mayor exposición.
En 2016, la empresa WME-IMG compró la UFC a los hermanos Ferrita, y pagó 4 mil millones (4 billones) de dólares. Dana White continuó como presidente. La UFC hoy llega a más de 150 países, hace eventos en varios lugares y recientemente, en medio de la pandemia de Covid-19 y de las complicaciones por llevar peleadores de diferentes países a territorio estadounidense, declaró que haría peleas en una isla privada. “Es la cosa más grande que hemos emprendido”, dijo White.
Y lo hizo, creó una Fight Island en Abu Dhabi en la que ha llevado a cabo sus últimas carteleras. No fue precisamente un espacio paradisíaco, pero sí un gran negocio, un capricho vuelto realidad que generó dinero, una demostración que de las locuras de Dana White pueden llevarse a cabo… y ser redituables.
