Después del primer día de actividad de la octava fecha del Mundial, varios pilotos se quedaron hasta tarde en los hospitality, como Franco Colapinto y George Russell, entre otros.
Viernes a la noche. Ya cerrada la primera jornada de actividad del GP de Mónaco, octava fecha de F1, la escenografía de la pista vuelve a cambiar su fisonomía. Arriba de ese piano de la chicana de la Piscina, donde Lewis Hamilton voló con su Ferrari un puñadito de horas antes, la gente baila y toma cerveza. Ya hay más gente que el jueves, se nota. La fiesta es más tumultuosa y desde muchos yates salen luces de colores y música a todo trapo. Son las 21, horario de fiesta, sin embargo, al volver a entrar al paddock, ya bastante deshabitado, quedan pilotos. Horario extraño, especialmente para un viernes.
Franco Colapinto está en el hospitality de Alpine cenando con su mamá, y con María Catarineu y Jamie Campbell Walter, la pareja que regentea su campaña deportiva. Están ubicados en la mesa más cercana a la puerta automática que da ingreso al recinto. La charla se extiende. El paddock es extremadamente estrecho, la calle frente a los hospitality debe tener unos tres metros de ancho, antes de toparse con una reja. Del otro lado, una veredita de dos metros más y el mar. Allí se ubica el público que durante el día espera la salida de los pilotos. Algunos enganchan las gorras a la reja y ahí quedan durante la jornada a la espera de la aparición de alguno de los corredores. Ya de noche, queda un puñadito.
De repente, Lance Stroll sale del búnker de Aston Martin y se dirige a los molinetes de salida, que desembocan en el amarradero para irse en lancha, el mega hospitality de Red Bull y Racing Bulls y la salida a la calle. El canadiense pasa por al lado del puesto de ESPN.com, acerca su credencial que le habilita el molinete y sale. Afuera, cuatro hinchas lo esperan, dos chicas adolescentes y dos adultos. Ruegan por una foto y una firma. Stroll nunca se detendrá. Aceptará sacarse selfies, pero mientras continúa caminando.
Cerca de las 21.15, George Russell sale de la base de Mercedes y desde el otro lado del alambrado enloquece un grupo de fanáticos. “Vayan a la puerta, los encuentro ahí”, dice el inglés (en inglés, claro). Gentil y muy simpático, el piloto de las Flechas de Plata se saca fotos con todos los que le piden. En la parte trasera de los hospitality, que linda con la vereda, donde está, por ejemplo, la sala de prensa, es una zona elegida por muchos pilotos para entrar y salir del circuito. Son las 21.15 y es momento de la limpieza. Un camión de recolección de residuos vuelca kilos y kilos de desechos dentro del contenedor. Y de la nada aparece Lando Norris, quien va caminando hacia el hospitality. Uno de los empleados del camión corre a pedirle una foto al inglés de McLaren, pero se encuentra con un tajante, cortante y seco “no” del custodio. Lando sí acepta acercarse al público que está del otro lado de la reja, en la acera, para un par de fotos y firmas.
“¡Carlos!”, se escucha. Carlos es Sainz, que pasa como una exhalación con su bicicleta. Ya bien pasadas de las 21 siguen dando vueltas los corredores por el paddock. En la parte trasera del hosptiality de Ferrari, el cocinero está trabajando para alimentar a todos los integrantes de la Scuderia. La freidora está a pleno. Mientras tanto, en Alpine, los dos lavarropas que tienen instalados en el fondo no paran de dar vueltas. Hay que tener todo limpito para el otro día.
Ya van quedando pocos pilotos. A las 21.46, Colapinto sale del hospitality de Alpine, charla unos minutos con un integrante de Williams (su exequipo), firma algunos autógrafos de hinchas que están del otro lado de la reja, se abraza con María y Jamie, quienes se van para un lado, mientras que Franco y su mamá arrancan para el otro, camino al estacionamiento. Ya no queda casi nadie. Casi, porque la moto MV Augusta LH44 de Lewis Hamilton sigue estacionada frente al camión de Ferrari. El inglés será el que apague la luz del viernes.
