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Miguel Cabrera: El gran legado del deporte venezolano

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El impresionante poder de Miguel Cabrera (3:40)

Ernesto Jerez y Orlando ´El Duque´ Hernández comentan sobre la marca de 500 jonrones para el venezolano. (3:40)

BRISTOL - Reflexionar sobre la carrera de un pelotero nos hace evocar y añorar otros tiempos. Para los venezolanos, este ejercicio con Miguel Cabrera a su ingreso al Club de los 500 HR es motivo de júbilo, pero amargo, como toda retrospectiva.

Nacido y criado en la ciudad jardín, Maracay, cuna de la tauromaquia criolla y de los Tigres de Aragua, 'Miguelito' no se despegaba de su papá y su círculo de amigos de la calle, de la cuadra en La Pedrera, del softbol, el deporte que incluso su madre jugó con buen nivel. No era raro para Miguelito ir a ver a sus Tigres de Aragua con los muchachos, toparse con David Concepción y escuchar sus consejos siendo cargabates de sus juegos de softbol dominical, atrapar "rollings" en cualquier acera y batear chapitas en las esquinas. Este ambiente formó a un espigado flaco que llamó la atención de varios scouts locales, pero entre todos los interesados, los Marlins a través de Al Ávila, terminaron llenando de confianza a Don Miguel para firmar a su hijo en 1998, a los 16 años de edad por $1.8 millones, lo que se convirtió en una noticia nacional.

La rúbrica de José Miguel Cabrera era parte de la expansión y consolidación de Venezuela como exportadora de talentos a las Grandes Ligas. Apenas 10 años antes las organizaciones de MLB comenzaban a generar sus operaciones en el país, incluyendo la creación de la Venezuelan Summer League. Existía una apertura económica, una evolución del mercado y el fanatismo y poder adquisitivo del venezolano, se consolidó como uno de los más sólidos para la industria de béisbol. Fue en 1996 cuando se comenzaron a ver firmas de prospectos de más de $1 millón. La inversión en el sector del deporte venezolano comenzaba a dar frutos. El béisbol era ahora una vía sólida para los padres de familia y no un "invento imposible" como en el pasado.

El resto es historia. Una historia de gloria en el terreno para muchos de aquellos prospectos que alcanzaron las Grandes Ligas, comandados por Cabrera, y una de debacle social y política para Venezuela.

El camino al debut

Corría el mes de noviembre del año 2000 y yo era un joven cronista para las Águilas del Zulia en la Liga Venezolana. Aún no había visto al fenómeno que con 16 años había ya debutado con los Tigres de Aragua. Su primera gira fue todo un acontecimiento y los fanáticos solo querían ver que era lo que este novato tenía.

En aquel juego de sábado por la tarde en Maracaibo cuando saltó fuera del dugout por primera vez para hacer sus prácticas me le acerqué, me presenté y le dije: "José Miguel...queremos hacerte una entrevista para la televisión". Él exclamó: "¡Wow señor, muchas gracias, pero... ¿A mí? Ahí están Roberto Zambrano, Juan Rivera, Pedro Castellano..., esos si son unos caballos".

"Sí, perfecto..., pero el que tiene la misión de ser una súper estrella eres tú y no ellos" le dije. Con pena se sonrió. Como quién sabe con seguridad el camino que tiene por delante.

El chamo se sentó frente a la cámara y respondió vagamente las preguntas de una realidad que aún no entendía, como su impacto en la organización, las expectativas de los fanáticos, lo duro de las ligas menores, el trabajo fuera del juego para mantenerse a tono. Tal cual, como cualquier niño de 17 años en cuerpo de adulto, sabía de su talento y de su equipo, no entendía su contexto, pero siempre destacó que cada paso era de aprendizaje y disciplina.

Su juego se dejó ver de inmediato. En aquella temporada se expandieron las transmisiones de televisión y radio local, así como el patrocinio nacional para el béisbol. La Liga Venezolana de Béisbol gozaba por primera vez de una exposición casi total de todos sus juegos y la figura de José Miguel Cabrera ocupaba la atención de su equipo. Aragua no clasificó a la postemporada, pero el darle juego al chico fue para esta organización el pilar para una gerencia que visualizó un plan de éxito alrededor de su gran prospecto.

En 2001 y con 18 años jugó su primera temporada de más de 100 juegos en Clase A. No se perfilaba como un bateador de poder, más bien era un campocorto que por su tamaño podría terminar en la tercera base o los jardines y destacaba su disciplina en el plato. Sus números no impresionaron, pero era aún una época donde reinaba la proyección de los instintos en el terreno por encima de lo que las métricas podrían arrojar. Este siempre fue el norte de los Marlins, quienes mantuvieron su plan a pesar de tener una nueva gerencia a partir del 2001 cuando Dave Dombrowski, su gerente general, partió hacia los Detroit Tigers como presidente de operaciones.

Al llegar el invierno de 2001, Aragua y su núcleo de jóvenes eran una realidad. Atrás quedaba el recuerdo de los días de gloria de David Concepción y aunque Cabrera aún no pisaba un terreno de Grandes Ligas, imponía el camino de su impacto en el juego. Clasificaron a su primera Serie Final en 10 años, y en 5 juegos Navegantes del Magallanes se alzó como campeón, siendo el último out de la serie aquel prospecto de los Marlins, quien aprendió en aquellos juegos a jugar con presión y a casa llena.

Para la temporada 2002-2003, un Cabrera de sólo 19 años llegaba a su cuarta temporada en la pelota invernal, con la experiencia de haber jugado una Final y con un año en Clase A fuerte. Mientras llegaba a arrasar con la temporada regular, bateando sobre .300 por primera vez en una temporada y liderando a los Tigres en jonrones y remolcadas, vivió la cancelación de la temporada en Venezuela producto del Paro Nacional Cívico, una huelga de protesta que se inició con los trabajadores de la industria petrolera y que se extendió a todos los sectores, que incluyó la destitución fallida de Hugo Chávez de la silla presidencial.

Tras los entrenamientos de primavera, los Marlins lo asignaron al equipo AA en Carolina. Cabrera era el jugador más joven del equipo a sus 20 años. Casi con un tercio de temporada en el bolsillo lucía crecido liderando al club en promedio con .365, 10 HR y 59 CI. Mientras sus compañeros, Adrián González, Dontrelle Willis, Josh Beckett entre otros, continuaban con su evolución normal, ya era evidente que Miguel Cabrera era un "veterano", listo para impulsar a unos Marlins sin muchas aspiraciones hasta ese momento.

La llegada a las Mayores

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1:29

Pujols, A-Rod y Big Papi felicitan a Miguel Cabrera

Varias leyendas, entre ellas latinoamericanas, se unieron en la celebración de los 500 jonrones del toletero venezolano.

Era evidente que los Marlins tenían que darle el chance a Cabrera que para junio del 2003 estaba destrozando la Doble A. Había especulación al respecto y era la incógnita constante del palco de prensa del entonces Pro Player Stadium. Los Marlins estaban en una semana en casa y para el 20 de junio estaban a 13 juegos del primer lugar, con nueve equipos por encima en la lucha por el comodín. Comenzarían una serie ante los Devil Rays, últimos en su división.

Aquel fin de semana era realmente un escenario para preguntarle a los asistentes al parque: ¿No tienes nada mejor que hacer?

Evidentemente yo no la tenía. Escribía en ese tiempo en una publicación hispana del centro de Florida y recibí una asignación para ir a recoger impresiones de los jugadores sobre la "Serie Cítrica", como se han tratado vender los choques entre ambos equipos de Florida. A mi llegada al campo me encontré a un veterano periodista de Maracay, Boris Mizrahi. Tanto él como yo quizás formábamos parte de aquella primera gran migración venezolana hacia Florida en busca de mejores oportunidades tras los sucesos políticos de 2002 que afectaban a nuestro país. Éramos los únicos venezolanos en aquel palco, de paso vacío.

"¡Sabes que subieron a Miguelito!" Me dijo.

"¿En serio? ¿Cuándo? ¿Cómo? Nadie ha anunciado nada oficial", respondí.

"Fue toda una sorpresa. A él lo llamaron anoche y le dijeron que se viniera para acá. Va llegando apenas. Se va a cambiar y listo para salir a jugar".

Los Marlins reemplazaron en el roster al jardinero Chad Allen que bateaba para .208. Fue uno de los movimientos que hizo Jack McKeon, de 72 años, que sólo tenía cuatro semanas como dirigente tras reemplazar a Jeff Torborg.

Pues ahí estaba yo, junto a las 12,515 personas en el cavernoso estadio de fútbol americano de los Miami Dolphins, viendo al flaco de Maracay saltar al terreno, alineado como octavo bateador para medirse a Rob Bell, el poco flamante abridor de los Devil Rays.

Tampa Bay había anotado una carrera producto de un par de hits en la primera entrada. En el tercer inning llegó Miguel a su primer turno: ¡Ponche parado (sin tirarle)!

'Bueno, es el primer turno apenas...', pensé.

Los Marlins empataron en la cuarta entrada con un hit que remolcó a Juan Pierre con su gran velocidad. Luego en la quinta entrada: Miguel Cabrera... ¡Elevado al jardín derecho!

En la séptima el campocorto venezolano Alex González conectó sencillo y le tocó el turno al prospecto con hombre en circulación. ¡Una gran oportunidad para Miguel... rodado para doble play! Se acabó la entrada.

El juego llegó empatado a la novena y los Marlins abrieron con Mike Lowell embasándose por boleto. El dominicano Juan Encarnación, siendo el próximo bateador, tocó la bola y avanzó al corredor a segunda, lo que obligó al lanzador a otorgar boleto intencional al temible Derrek Lee para enfrentar a la tanda baja de la alineación. Alex González elevó hacia la intermedia para el segundo out y, llegó el turno para el muchacho de La Pedrera.

Por primera vez en su vida, en un estadio de Grandes Ligas (aunque vacío) tenía a todo el mundo de pie, esperando que el novato respondiera con dos hombres en circulación para darle la victoria a los Marlins. En cuenta de 1-2, y tras un par de fouls, Cabrera conectó un "podrido" hacia el lanzador Travis Harper para el tercer out.

Se sintieron los abucheos. Escuché a un aficionado cubano decir: ¿Y a este de dónde cara... lo sacaron, asere?

Su amigo le dijo: "De verdad que no tengo ni idea, pero este flaco no va para ningún lado".

Es que de verdad se vio mal en la caja. No tenía aquella seguridad que mostraba en Venezuela. En aquel momento, a pesar de que sólo habían pasado cuatro turnos debo confesar que llegué a dudar de lo que Cabrera podría hacer en las Grandes Ligas. No es fácil para un muchacho de 20 años aguantar la presión de brillar, demostrarle a su país de lo que es capaz su talento, levantarse y ser constante en un mundo desconocido. Además, de venir de una nación que se iba desvaneciendo progresivamente por la indolencia de sus gobernantes. El juego se fue a extrainnings. Llegamos a la 11ra. entrada y le tocaba el turno de nuevo al novato. Yo estaba convencido de que vendría por él un bateador emergente. Con un out Alex González conectó doble y de nuevo el turno era para el muchacho de 20 años. McKeon no dudó nunca y lo dejó batear ante Alan Levine, un veterano relevista derecho con mucha experiencia en Grandes Ligas.

Tenía poca fe, pero le comenté a un colega en el palco de prensa: "Si no le dan el chance en momentos como este, pues nunca aprenderá a enfrentarlos", quien se quejaba de que McKeon debía traer un bateador emergente.

Levine se acomodó y soltó su primer envío. De pronto Cabrera se creció, volvió a ser aquel muchacho súper dotado de Maracay, y ante menos de 3 mil personas presentes hizo un swing que aún yo puedo escuchar, un sonido de esos que no se necesita ver. Una bola que cayó en el vacío del jardín central de aquel monstruo anaranjado a más de 415 pies.

El dugout de los peces saltó de alegría y júbilo para recibir al niño. González lo esperaba como su hermano mayor. Los fanáticos miamenses y la comunidad cubana disfrutaba como en aquel 1997 y Miguel ni sabía lo que hizo.

"¡Wow, es increíble!", nos dijo después del juego. "Yo ni sé que me tiró. Yo sólo sé que estuve un poco nervioso durante el juego y me dije: pero que estás haciendo... sal y echa tu palo y ya, vámonos pa' la casa. Yo sólo quería dar mi primer hit y salió el primer jonrón".

El resto es historia. Una de júbilo para quien hoy después de 19 temporadas se convierte en el primer venezolano en la historia de este deporte en arribar a los 500 HR, y otra amarga para una fanaticada que ha delirado con la carrera de quien llaman en criollo: "El Papá de los Helados" pero que ha sufrido la desintegración de aquel entorno donde se gestó un atleta de este calibre.

Cabrera llegó a un equipo fuera de competencia y fue la inyección que necesitaba aquel grupo de talentosos peloteros para jugar con pasión y entrega. Los Marlins terminaron la temporada regular como comodines de la Liga Nacional y derrotaron en la postemporada a San Francisco y Chicago para medirse a los Yankees, en un épico choque de David y Goliat que terminó en 6 juegos a favor de los Marlins, quienes alzaron su segundo título de Serie Mundial; siendo el episodio más recordado del Clásico de Octubre el primer turno de Cabrera ante el legendario Roger Clemens, que después de siete lanzamientos terminó con la bola en las gradas del jardín derecho del Pro Player, pero ante 65 mil almas.

Legado de responsabilidad

Venezuela era ciertamente una tierra de campocortos. El legado de Carrasquel, Aparicio, Concepción, Guillén y Vizquel fue algo sumamente impactante a nivel social para la juventud practicante del juego y la historia deportiva del país. Sin embargo, los jonroneros venezolanos de los años 50s y 60s eran inexistentes. El primer gran slugger de Venezuela fue obviamente Antonio Armas, quien a su vez fue el primero en comandar la Liga Americana en este departamento. Armas jugó 14 años en Grandes Ligas y representaba el máximo poder en una época del juego donde la defensiva, la estrategia y el pitcheo eran altamente ponderados e idolatrados. En 14 años en MLB alcanzó 251 jonrones.

Más impactante después fue la carrera del "Big Cat" Andrés Galarraga, que culminó su carrera a un HR de los 400. Pero aquella generación de prospectos de poder criados en las academias venezolanas tuvo cabida por primera vez en el béisbol, y así nombres como Bobby Abreu, Magglio Ordóñez, Richard Hidalgo y Víctor Martínez lograron espacios importantes en la cuota de poder de las Grandes Ligas.

"Miguel es un extraterrestre. Yo le digo Miguel de la Luna. Es un bateador de esos que muy pocos existen, no en Latinoamérica, sino en el béisbol mundial. Es su ética de trabajo, su visión del bateo, la forma como se comporta en el clubhouse. Es nuestro ejemplo, no importa su edad" me decía en una ocasión Víctor Martínez quien hizo dupla ofensiva con Cabrera por 7 años en Detroit.

La llegada de Cabrera al club de los 500 HR es el mayor logro en la historia del béisbol venezolano, junto con la llegada de Luis Aparicio al Salón de la Fama y los logros defensivos y de longevidad de Omar Vizquel.

Su carrera lamentablemente va cronológicamente de la mano con la devastación de Venezuela. Miguel ha representado para nosotros ese lado positivo y de vanagloria deportiva en estos años. Su impacto con los Tigres de Aragua, conquistando 6 títulos en la década incluyendo una Serie del Caribe, que establecieron un estándar de éxito poco replicado en el béisbol internacional fuera de MLB. Su firma a largo plazo y entrega con los Detroit Tigers, alcanzando 4 postemporadas y una Serie Mundial y el mayor hito para bateador alguno en los últimos 50 años: La Triple Corona de Bateo.

Representa a Venezuela en cada paso y representa a aquel país que prometía ser mucho más del paraíso que fue. Ese país hoy cruza las fronteras de Maracay, Caracas, Valencia, Maracaibo o Ciudad Bolívar; vive ahora alrededor del mundo. Millones de venezolanos celebran por Cabrera, sin términos claros de su estadía, en las calles de Buenos Aires, Lima, Santiago de Chile, Bogotá, Madrid o Miami. Vitorean en lugares donde sus vecinos no entienden el significado de este logro y lo más complicado es explicarlo. Es un festejo de orgullo y añoranza.

Cabrera es oficialmente el gran legado del deporte venezolano para los próximos 100 años. Un legado con mucha responsabilidad.

"¿Cómo puedo perder si yo llegué aquí sin nada?" dijo hace un tiempo Cabrera con su humildad característica. Después de fallar el turno en aquella novena entrada era un chico sólo con expectativas cuyo mánager tomó un golpe de confianza. Aquel turno iniciaría la construcción de su leyenda a punta de trabajo en el terreno.

Aún activo y con la mira en los 3 mil hits ya espera por la apertura de las puertas de Cooperstown en su primer año de elegibilidad.

Miguel, ahora estás aquí teniéndolo todo. Úsalo en honor a estos 20 años.

Leonte Landino es periodista y productor de ESPN Internacional y ESPN Deportes. Es miembro de la Asociación de Escritores de Béisbol de América (BWAA) y la Sociedad Americana para la Investigación del Béisbol (SABR). Puedes contactarlo vía twitter: @leontelandino