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Vivir para contarlo

Hay días que deberían pasar rápido. Como este, por el dolor que resquebraja la ilusión a manos de viejos conocidos como Ricky Rubio, Marc Gasol y todo ese excelente equipo llamado España. Como la derrota ante Serbia y Montenegro en la final de Indianápolis 2002, cuando el árbitro griego Nikolaos Pitsilkas no cobró una clara falta contra Hugo Sconochini que nos dejó a todos entre lágrimas. O como la tarde fatídica en la que salió de adentro un triple de Chapu Nocioni que hubiese sido el triunfo de Argentina ante España en Japón 2006 y que nos obligó a todos a masticar bronca durante meses. Un chasquido de dedos y olvidar, la necesidad de tener un control remoto imaginario que nos permita dejar en el camino un recuerdo doloroso.

O quizás no. Quizás, estos días, deberían recordarse siempre. Quizás lo verdaderamente importante sea el camino y no el final. Porque si Argentina hoy jugó este partido, fue contra todos los pronósticos existentes, incluido el mío. Por haber dado un salto de calidad de esos que rara vez ocurren. Nadie puede ser indiferente a estas hazañas deportivas. Milagros que merecen ser contemplados bien de cerca para que verdaderamente sean realidad y no utopía, para que contemos que si este equipo pudo estar, otro quizás pueda hacerlo. Y esa bocanada del último cuarto, esa exhalación de carácter de esos irreverentes, no fue otra cosa que un alarido emergiendo en el corazón de una derrota inexpugnable. Porque Argentina, como antes fue mucho más que Serbia y Francia, hoy, fue mucho menos que España. Pero es esa voluntad la que muestra, en la lección aprendida, la materia con la que esta hecho uno: hay que luchar aún cuando parece que es demasiado tarde porque siempre llega demasiado tarde quien no lo intenta.

Desde que somos muy chicos, todos nos han dicho, alguna vez, que el básquetbol da revancha. Nuestros padres, nuestros entrenadores, nuestros amigos. Quien recibe ese mensaje, no comprende el lugar común de ese consuelo. Ni siquiera lo escucha. Entiende esa derrota como una palmada en la espalda del momento, como quien dice "Lo siento" en la visita a un funeral de un desconocido. El silencio, a veces, puede ser la mejor opción. O no.

Esta Selección Argentina nos recordó a todos a la de 2002, que significó el nacimiento de algo que luego fue leyenda. En aquel entonces, pareció la oportunidad dilapidada de sus vidas, pero el equipo, dos años después, fue campeón olímpico en Atenas 2004.

Esa defensa intensa, esas ganas, esa frescura. Ese deseo de todos de pertenecer a un espacio común, de ser parte de una cultura que empuja y avanza, que evita la estaticidad para ser dinamismo en cada partido, en cada práctica, Argentina juega al básquetbol con un plus de energía, con un hambre que no tienen los demás. Aún cuando es superado, como ocurrió hoy, no baja los brazos. La bronca que se mastica en el vestuario, se transformará en unos días en energía. Es el biotipo de estas tierras, y contra eso no hay nada que se pueda hacer. Será, entonces, la enseñanza del cantero: la roca no se rompe por el último golpe sino por los cien que lo precedieron.

Entonces, esto no debería considerarse como un final sino como un nuevo comienzo. Caer y levantarse. Una vez, dos veces, mil si hace falta. Se debe ser un aprendizaje constante para ser dignos, en la alegría y el dolor. ¿Qué nos queda si no afrontamos ese desafío? Los que vienen deben caminar esas veredas para ser mejores. Hoy, un país vive detrás de un equipo que apuntala una forma distinta de hacer las cosas, que se extiende en el tiempo y sirve, en la cancha, para batallar contra jugadores más altos, más fuertes, más atléticos. Sin atajos ni trampas, sin viveza criolla ni facilismos. Los papeles en el cesto, y sin pasar semáforos en rojo. Si falta algo, se trabaja el doble. Así, con el pecho erguido, ir contra naciones más poderosas. Contra presupuestos infinitamente más grandes. Siempre sin excusas, como debe ser.

Como debió ser siempre.

Ahí van, entonces, con ellos, los chicos de minibásquet de cada club que gritan por Argentina, en el rinconcito del país que sea. Los dirigentes que juntan peso por peso para comprar las camisetas, que cambian tiempo por ganas para que las cosas salgan adelante en las condiciones más adversas. Las mamás y los papás que organizan las rifas y las tallarinadas para disimular lo que falta, para igualar oportunidades. Los que están por llegar, y los que no llegaron ni van a llegar nunca. Los que son del básquet y los que no son tanto. Los que a esa hora tienen que trabajar, pero que igual, como pueden, preguntan por el partido, porque hay un equipo que los representa. Que cumple, con hechos, el deber ser. Los hijos de la Liga Nacional, elegidos ellos, empujan y avanzan. Juntos. Con dignidad, con alegría, con entusiasmo. Y ahí vamos nosotros con ellos, apretujando un corazón que duele, pero que es a prueba de derrotas que significan más que cualquier victoria.

De Colonia Dora a Río Cuarto. De Bahía Blanca a Mar del Plata, con paso por Tres Arroyos. De Santa Fe a Capital. Historias y sueños que se encuentran en un punto y se vuelven circulares.

El campeonato es de España, pero Argentina se lleva un triunfo de plata que vale como el oro. Aprender, respetar, construir y aceptar. Parece poco, pero es un montón.

En cada derrota, existe un mensaje. Un querer ser que es aspiracional, que se genera en el caos, en lo adverso. La derrota enseña mucho más que la victoria. Fantaseo, entonces, una escena recurrente: cuando ya peine bastantes canas, en algunos años, llegará esa noche. Estaremos todos juntos sentados a la mesa, mis hijos, los hijos de mis hijos y yo estaré listo para escuchar. Hablarán de sus jugadores, de sus equipos y de las leyendas preferidas. Elegirán. Tendremos los buenos, los muy buenos y los excelentes. Será una conversación inolvidable. Y cuando estemos cerca del final, cuando el día le empiece a ganar a la oscuridad y ya crean haber dicho y escuchado todo, echaré la silla hacia atrás, y pediré por primera vez la palabra. No seré extenso. Hablaré de algo que va más allá de un título, de una medalla o de un trofeo. "Una vez, existió una Selección Argentina de básquetbol hecha por hombres que se querían y se respetaban".

Y tendré, entonces, la mejor historia de todas para contar.