El San Isidro Club no espera los milagros; los esculpe a golpe de martillo. Ese destino, que no repara en detalles, a veces parece guionado por la imaginación de un escritor que decidió unir dos historias de superación en un mismo partido. Por un lado, el SIC, que no tenía su mejor tarde en el clásico de San Isidro por la 11° fecha del URBA Top 14 Copa Macro; por el otro, Bautista Viero, que volvía a ser titular por primera vez en el torneo en la misma cancha y ante el mismo rival después de siete meses. En una tarde donde el libreto exigía resistir en las catacumbas, el Zanjero fundió ambas realidades en la Catedral.
El clásico era el plato fuerte de la jornada y el coliseo académico desbordaba con ese fervor único que amalgama a ambos vecindarios y, al mismo tiempo, los fractura en una rivalidad estrictamente deportiva. La última moneda cayó del lado zanjero: un try de Tomás Meyrelles en el epílogo del partido, coronado por la conversión de Agustín Sascaro, selló el 26-23 definitivo.
Uno de los encargados de ponerle palabras a esa mística indescifrable que sobrevoló el matorral de camisetas zanjeras fue el wing Bernabé López Fleming: "Por ahí el amor que tienen por la camiseta todos los jugadores del SIC, lo que sienten por el SIC que es muy fuerte. Cuando las cosas se ponen medio difíciles saca un extra el jugador y hoy lo sacamos a ese extra y pudimos ganarlo".
La tarde gris pareció encapotar también el horizonte de los de Boulogne. Sin embargo, no hay tormenta que doblegue a ese ADN que se activa, precisamente, cuando los puentes están rotos y el viento sopla de frente. Esa obstinación por alterar lo inevitable tuvo su reflejo humano en Bautista Viero. El segunda línea regresaba al corazón de las formaciones fijas tras haber salido de ese mismo césped, en las semifinales de octubre pasado, bajo un manto de honda preocupación. Aquella tarde, el forward se desplomó en un scrum y el diagnóstico médico congeló los corazones: "luxación en la columna cervical, entre la quinta vértebra y la sexta, pero afortunadamente, sin ningún daño que afecte la médula espinal".
Siete meses después de aquella fractura, tras pasar por el quirúrgico calvario y desandar el silencioso camino de la reconstrucción personal, el gigante estaba otra vez de pie. “Se ganó de la mejor manera. Es la es la forma más linda de ganar. La última jugada, el último minuto sufriendo es lo más lindo que puede pasar”, analizaba Viero entre los abrazos que multiplicaban el desahogo y agregaba que “yo quería volver a jugar con los que siempre estuve jugando”.
Y así como su segunda línea batalló en las sombras para volver a calzarse la armadura titular, el SIC debió transmutar el dolor en combustible para desentramar un clásico que nació torcido. Apenas pasado el cuarto de hora, la tarjeta roja a Santos Rubio por un tackle peligroso (choque de cabezas) ante Jerónimo Solveyra dejó al visitante a la intemperie. La herida sangró más a la media hora, cuando el mismísimo Viero vio la amarilla en la acción que derivó en el try penal del CASI.
Con el agua al cuello y dos hombres menos en el tablero, el SIC activó su memoria más primaria. Lejos de resquebrajarse, el equipo se apretó en su propia trinchera y facturó a través de Santos Fernández de Oliveira. Esa resiliencia, que es marca registrada de la casa, brotaba en su máxima expresión. Sin embargo, el libreto guardaba otra dosis de suspenso para el complemento: el anfitrión reaccionó con una conquista de Benjamín Belaga y, sumado a la puntería de Juan Akemeier, revirtió el marcador para poner al CASI arriba 20-16. Los de la Academia hilvanaban mejor su juego y se perfilaban como justos ganadores.
"La realidad que los momentos en donde las cosas no salen, o si querés, en momentos desfavorables —analiza el back Carlos Pirán— creo que volvemos a las bases por así decirlo y hoy arrancamos por el eje, por ahí no fue lo que planteamos durante el año, pero con 13, dijimos 'vamos a atacarlos por el eje' empezamos a lastimar y nos hicimos fuertes ahí".
Un penal por lado congeló la brecha del marcador en cuatro puntos con apenas diez minutos por jugar. La Academia tuvo la estocada final en sus manos pero no logró bajar el martillo, y el SIC esperó agazapado, con la frialdad de quien conoce sus propias armas. Con el reloj en tiempo de descuento, la paciencia zanjera hilvanó una secuencia agónica: más de una decena de fases picando piedra sin que el ingoal cediera, un penal lo llevo a la precisión del line y el empuje de un maul colosal para que Meyrelles liberara ese grito que estaba atragantado, en el minuto 84 de una batalla inolvidable.
El héroe de la jornada, autor de la conquista final, cree que la llave de ese resurgir está en “confiar en lo nuestro, confiar en lo que nos dicen nuestros entrenadores. En la semana tuvimos una muy linda charla de Federico Serra que significa mucho para nosotros y significa mucho para el SIC y era un poquito eso de buscar nuestra identidad, de rascar un poquito ese fondo de olla y creo que ante el CASI lo hicimos carne”.
Abrazado en la tercera línea aparece Andrea Panzarini y en sintonía con Meyrelles aclara que “este año estamos con un ataque mucho más vistoso, mucho más lindo y que está saliendo bien y encima le agregamos lo nuestro: la defensa y el contacto. Entonces, ahora cuando el SIC está bien y golpea y está concentrado en defensa, es el equipo que queremos ser y creo que hoy se demostró mucho eso”.
En el epicentro de los festejos, con la camiseta embarrada y los ojos brillantes, reaparece Bautista Viero para terminar de explicar esta inquebrantable forma de ver la vida que propone el SIC: “Es así en los 23 jugadores, incluso los de la intermedia o demás categorías. Y te das cuenta y por eso es una motivación querer jugar con ellos. O sea, cuando jugás en intermedia o Pre, decís, 'Esto es lo que somos'. O sea, queremos ganar, queremos poner la cara, la cabeza, cualquier parte del cuerpo y darlo todo por todos”.
“La verdad que este día fue un sueño”, confesó el segunda línea en su vuelta a la titularidad antes de perderse, cobijado por su gente, en la marea humana de Boulogne. Porque al final del día, las grandes gestas deportivas no se explican desde la comodidad, sino desde las cicatrices. El SIC se marchó de la Catedral con los puntos del clásico, pero sobre todo, con la certeza de que el fuego de la adversidad no lo consume; simplemente lo templa para volverlo inquebrantable.
