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Lo que Bolt le hizo vivir al público en la noche del Estadio Olímpico

RIO DE JANEIRO (Enviado especial) -- Entiende todo. Absolutamente todo. El jamaiquino Usain Bolt terminó la noche de este jueves con la bandera de Brasil en la espalda. Se la arrojaron desde la tribuna y le quedó medio lejos. No importó. Se desvió de su recorrido triunfal, la levantó del piso y se la colocó, reemplazando a la de su país, que quedó en su mano izquierda.

Ya había recibido la más estruendosa ovación, con cantitos estilo futbolero incluidos, cuando ingresó al estadio para correr la final de los 200 metros llanos. De semblante serio, levantó los brazos hacia cada uno de los sectores de gradas, derritiendo a los espectadores que, esa noche, estaban sólo para él en el Estadio Engenhao, rebautizado como 'Olímpico' para Río 2016. Todo lo que sucedió allí antes de su entrada fue un mero preludio.

Se acercó a su puesto de salida en el andarivel número seis, acomodó a su gusto los tacos allí ubicados, y realizó una largada de preparación, tal y como lo había hecho en las series de 100 metros. Cuando terminó ese ensayo, volvió a dedicarle gestos de cariño a la gente que lo había venido a ver. Ya estaba más distendido.

Luego llegó el momento de la presentación de cada uno de los competidores de la final. Y cuando la cámara lo enfocó, él estaba haciendo un bailecito, al ritmo de la música que sale de los parlantes del estadio cuando se anuncia a los atletas que están por competir.

Le gusta mucho el show. Él es así. Pero también sabe qué están todos esperando que haga. Y lo hace a la perfección. Nunca forzado, siempre luce espontáneo.

Luego, el trabajo. En la pista, otra vez la hegemonía. De nuevo una victoria aplastante.

Después de ganar su segunda medalla dorada en estos Juegos, octava en su historial, grita "Yeeeeeah!!!" y se pega unos golpecitos en los cuádriceps para festejar. Son golpes de agradecimiento a esas piernas que lo llevaron al estrellato mundial que ostenta hace ya ocho temporadas, desde aquel Beijing 2008 soñado.

Pero eso es solamente una porción de su presentación. Ya pasó la previa y el durante. Ahora llega el post.

La gente que lo fue a ver se rompe las manos para aplaudirlo, le grita cosas inconexas hasta que aparece el "U-sain-Bolt, U-sain-Bolt", como si fuera un "Ma-ra-dona, Ma-ra-dona" o un "Pe-lé, Pe-lé". Bien futbolero. Bien sudamericano. Y eso logra sorprender hasta a este hombre, que parece no poder ser sorprendido ya por nada ni nadie.

Entonces la bandera de Brasil. Entonces la vuelta olímpica parando cada cinco metros para saludar a un sector distinto de las tribunas. Para que nadie se vaya sin una mirada, un gesto, del enorme Usain.

Pero le parece poco. Cree que este público se merece algo más, aparte de la carrera en sí misma, de la bandera, de los saludos. Y ahí, ya casi terminando la vuelta triunfal al Engenhao, ve a un grupo de compatriotas enfervorizados que, muy vivos, se habían ubicado en el lugar exacto: Un espacio al que se puede llegar desde la pista de atletismo por una plataforma.

Cual estrella de rock recorre el 'puente' y se abraza con esos desconocidos que tanto lo conocen. El personal de seguridad se desespera, preocupado por alguna posible agresión. Pero a Bolt no le interesa. Abraza, da la mano y le pide a varios de esos que se mueren por una selfie con él, que les den el teléfono así la puede sacar él mismo. Gatilla y devuelve celulares, con esa sonrisa que permite verle toda su blanca dentadura.

Termina y baja, rumbo a la salida. La gente está en éxtasis. No sabe qué hacer. Algunos siguen aplaudiendo como autómatas, otros profieren gritos ininteligibles, alguno es contenido por la policía para que no se lance al estadio a abrazarlo.

Se está yendo y se acuerda de algo. Importante. Entonces vuelve, se agacha y besa la línea de meta a la altura de su andarivel, esa sexta calle por la que cruzó primero cómodo. Luego se persigna y mira hacia el cielo, repitiendo el ritual que hace cuando está por comenzar una carrera.

Más tarde, ante las cámaras, hablará del público. Agradecerá el cariño. Dirá que los quiere. No hubiera sido necesario.

Ya lo había dejado claro, con acciones, durante esa media hora que duró su show.