BARCELONA - Bien... ¿Podemos seguir?
- Sí, pero...
Y Charly Rexach se dio la vuelta, sonriendo en compañía de Johan Cruyff, y poco menos le dejó con la palabra en la boca, allí, al lado del banquillo del viejo campo de entrenamiento que se mantiene junto al Miniestadi y en el que hoy juegan los niños de la FCBEscola.
Guardiola, quien cumple 46 años siendo entrenador de un Manchester City que supone quizá el reto más atrevido y mayúsculo de su carrera en los banquillos, no es un personaje metódico ni, tampoco, un perfeccionista. Es un obsesivo por la perfección que confesándose seguidor innegociable de Johan Cruyff es en algunos aspectos la antítesis del genial holandés porque Pep no gusta de dejar nada a la improvisación.
De hecho, desde que decidió convertirse en DT solo hay un futbolista con el que entendió inútil la libreta y cualquier metodología: Leo Messi, claro. Pero la Pulga, de quien se refiere como "el mejor que hemos visto y veremos nunca", es la excepción que confirma la regla en la historia de Guardiola, al que marcó tanto el argentino como el holandés y de quien todos los que han vivido de cerca en su carrera profesional mantienen que es un tipo diferente.
El Guardiola futbolista era ya un entrenador en potencia que ocupaba su tiempo en el estudio táctico y teórico del juego mientras sus compañeros de vestuario jugaban a las cartas o veían películas durante las concentraciones.
Aprendió el sufrimiento en Brescia, a las órdenes de Carlo Mazzone y junto a Roberto Baggio o un joven Andrea Pirlo, se desencantó en Roma de Fabio Capello y sentenció su futuro durante su etapa en Qatar, antes de que Juanma Lillo, en México, le impusiera ya sin disimulo la idea de conducir su carrera hacia los banquillos y no, como estuvo tentado, a la dirección deportiva.
Y eso que le costó dar el paso. Lo hizo en 2005... Y llevó a cabo las prácticas en el Cadete B del Barcelona al lado de Luis Enrique, compañero de promoción, y a las 'órdenes' del entonces técnico de aquel equipo, Fran Sánchez, quien recuerda que Pep "fue tan exquisitamente educado como detallista hasta el extremo de preguntar la razón de cualquier ejercicio".
En 2007 se sorprendió de la llamada de Joan Laporta, rival en las elecciones de cuatro años antes y con quien no mantenía precisamente una gran relación, para que dirigiera al Barcelona B. Y en abril de 2008 aún se quedó más atónito. "No te atreverás a hacerlo", le contestó al entonces presidente cuando le ofreció el banquillo del primer equipo.
Eran los momentos en que Mourinho era el elegido por unanimidad para suceder a Rijkaard y cuando Laporta, contra toda lógica, le puso al frente de un Barça al que llevó a la eternidad al mando del equipo más legendario que se recuerda.
Pero además de la genialidad de los futbolistas, con Messi como líder, y de la indudable 'suerte de los campeones' que acompañó a aquella aventura, Guardiola fue, como es, un entrenador que rompió todos los estereotipos. Fue él quien cerró los entrenamientos a periodistas y aficionados y fue el primero en rebajar su relación con los medios a la mínima expresión, no pudiendo evitar las ruedas de prensa pero sí negándose en conceder entrevistas individualizadas.
"A otro le habrían machacado y, de hecho, hubo quien lo intentó en Barcelona y sigue sin perdonarle... Pero Pep es especial. No hay explicación; simplemente es así", se conviene aún desde el propio club donde casi cinco años después de su marcha su huella permanece.
Guardiola es un extremista, sin remedio ni disimulo, que lleva sus ideas hasta las últimas consecuencias, que mantiene un discurso futbolístico firme y que sigue siendo añorado por muchos alrededor del Camp Nou, por más que haya, y no son pocos, quienes desean su fracaso allá donde quiera que vaya.
Eso es lo que ha conseguido Pep Guardiola. Como ocurrió en su día con Johan Cruyff y que se conoce solamente en los personajes sin igual. Porque el Barcelona, club cainita como pocos que devora a sus propias leyendas, lleva marcado a fuego el nombre del 'Noi de Santpedor'.
- Vale Pep, pero, ¿podemos irnos?
- Entonces, ¿qué pasa con esa jugada?
Y así, incorregible hasta el hartazgo, Guardiola, mientras Cruyff se marchaba carcajeándose con Tony Bruins Slot, 'obligaba' a Charly Rexach a quedarse un minuto más con él en el campo, moviendo histérico sus manos en jugadas invisibles.
Siempre fue así.
