Lionel Messi es la diva de Barcelona, en el mejor sentido de la palabra

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Atento al último gol de Lionel Messi. Lo verás en un partido de altísima presión, en el que ya habrá marcado una o dos veces. Cuando ocurra, verás que este gol es mucho más espectacular que los anteriores.

Fíjate, por ejemplo, en el partido de ida de las semifinales de la UEFA Champions League de esta temporada entre Barcelona y Liverpool, cuando Messi encontró la red dos veces la semana pasada. Su primer remate fue bastante rutinario; convirtió luego de un tiro de Luis Suárez que pegó en el travesaño. El segundo, de tiro libre, pateado a una distancia que la mayoría consideraría bastante segura, hizo delirar a los medios.

Cada video nuevo de este gol, tomado desde un ángulo diferente, revelaba un nuevo nivel de la genialidad del argentino. Al verlo, sentías que Alisson, el desafortunado arquero de Liverpool, no podría haberlo atajado aunque su equipo hubiera pinchado la pelota y apagado los reflectores del estadio.

Muchos de nosotros estamos maravillados con el nivel de Messi. Pero nos maravillamos aún más por el hecho de que parece seguir mejorando, a menudo durante el transcurso del mismo partido a pesar de haber pasado a barrera de los 30 años. El efecto es similar a cuando vemos a las grandes figuras del tenis empezar a hacer tiros monstruosos cuando se relajan tras ponerse dos sets arriba.

Suele decirse que, para rendir al máximo, los futbolistas deben jugar con libertad, pero no suele aclararse lo difícil que es hacer eso. Tener la calma ante la furia para colocar un remate o un pase como si estuvieras en el patio de la escuela es un talento reservado para muy pocos, y todo se reduce a una lectura suprema del momento.

Andy Barton, un asesor de performance que trabaja con muchos atletas de elite en el Reino Unido, ha hablado de la manera en la que Wayne Rooney trata el ambiente en un estadio de fútbol. Para él, es una instancia en la que la audiencia se ha reunido con el entusiasmo de verlo a él en su elemento. Para Rooney, dijo Barton, no hay presión, al menos no en el nivel que uno esperaría. Por el contrario, cuando mira hacia las gradas, se siente energizado y entusiasmado al ver tanta gente que se reúne para verlo en acción.

Es posible que, dada su naturaleza reservada fuera de la chanca, Messi tenga un enfoque similar. Básicamente, es como una diva en el mejor sentido de la palabra.

Miren la regularidad con la que primero agrega su nombre a la nómina de anotaciones y luego escala sin parar. Contra Real Madrid en la semifinal de la UEFA Champions League 2011, primero anotó desde corto alcance y luego arremetió directo al corazón de la defensa de Madrid, un resurgir muy atrapante ya que no fue asistido, antes de hacer rodar la pelota en cámara lenta más allá de Iker Casillas. En 2015, en la misma etapa, disparó al arco un tiro bajo desde afuera del área – un buen esfuerzo, sí, pero podemos decir que algo común dentro de sus estándares – antes de hacer sentir a Jerome Boateng que de golpe había surgido una pista de hielo por debajo de sus pies y hacer flotar un tiro por encima de Manuel Neuer.

Cuando Messi eleva su nivel de juego, es interesante ver la reacción de sus rivales. Boateng se vio tan irritado ante el amague que recibió que se volcó a los medios sociales para defenderse. Pep Guardiola y Jürgen Klopp sólo atinaron a encogerse de hombros cuando se vieron expuestos a similares actos de magia. Sus reacciones fueron igualmente vulnerables, igualmente humanas. Y después de todo, ¿qué es lo que puedes hacer? Hay vestuarios completos de futbolistas que se hubiesen quedado con los mayores trofeos de este juego, salvo por una simple frase: "Apareció Messi".

Apareció Messi contra Madrid, contra Bayern y, el fin de semana pasado, contra Liverpool; para tener una chance de llegar a la final, abajo 3-0 en el partido de ida, los hombres de Klopp tienen que, de alguna manera, asegurarse de que esta diva consumada no sienta que es momento de hacer otra gran aparición en el escenario.